domingo, 15 de marzo de 2015

Navidades, frías.

Tengo las manos y los pies fríos. Mis dedos llevan demasiado tiempo sin coger un boli, pero joder, como lo necesitaba... ¿he desaprovechado las vacaciones? Posiblemente, ¿me importa? Una mierda. He reído como nunca y me han sonreído como hacía tiempo que no me sonreían, he estado con los míos; aunque nadie me ha hecho suya, pero ese ya es otro tema. He ayudado a gente que de verdad me importa, he bebido, he fumado y he hecho todo ese tipo de cosas que mis padres me advirtieron no hacer, pero necesitaba explayarme y un poco de éxtasis de ese elixir llamado felicidad el cual tanto escaseaba últimamente. Y más que felicidad lo que escaseaba era inspiración, y más que inspiración, ganas de seguir y más que ganas un motivo por el que hacerlo.
Y sigo teniendo frío y creo que incuso junto a las llamas lo seguiría teniendo porque ya se ha apoderado de mí y ha tomado mi cuerpo como lugar para refugiarse, porque hace mucho tiempo que no conozco el calor y ya no sólo el humano.

sábado, 14 de febrero de 2015

La clave del entendimiento está en mirar con ojos nuevos.

Y que parece el comienzo de una novela cursilona para adolescentes más propia de Blue Jeans que de mi vida real, pero pasó y desde hacía tiempo necesitaba que algo así pasara. Porque todos necesitamos alguna que otra tontería que nos alegre el día de vez en cuando. Dicho ésto dejo de dispersarme y comienzo con mi historia:

"Érase una vez un fin de semana de enero, iba yo hacia mercadona a comprar algo para comer. Tercer fin de semana consecutivo que mis padres pasaban el fin de semana fuera de casa, cosa de que seamos mayores, o simplemente de que últimamente en mi familia no podemos pasar tanto tiempo juntos y lo evitamos escapando los unos de los otros, En fin, Prosigamos.
Era un día soleado, aunque hacía frío era agradable estar fuera. Yo llevaba unos vaqueros, mi abrigo nuevo y el gorro rojo del pompón que tanto me gusta y utilizo últimamente.
Tenía que ir a comprar, ya ni me acuerdo del qué, porque acabé comprando de todo menos de lo  que necesitaba, como siempre. Jamás se me dio bien hacer dieta, las chuches me pueden.
El día estaba más bonito de lo normal, no sólo hacía sol, sino que éste brillaba con otra intensidad, o a lo mejor es que el estar encerrada en tu casa tanto tiempo hace que lo aprecies mejor cuando sales al exterior, sea lo que fuere, nada más salir, me invadió una felicidad que hacía tiempo que no experimentaba.
Entré y compré mi sarta de gominolas y comida basura que no ayudarían para nada a mi operación bikini, pero sí a mi motivación en el estudio, lo cual prevalece sobre todo lo demás, por muy triste que parezca, no lo es tanto.
Estaba en la cola para que me cobrasen, había una cantidad ingente de gente, hasta que abrieron otra fila, después de haberme llevado esperando unos 10 minutos a que me atendieran. Abrieron otra caja, así que me dirigí hacia la caja adyacente, ni siquiera me dí cuenta de quién iba detrás mía hasta que al colocar mis cosas sobre la cinta, percibí un atisbo de risa detrás mía, me giré y vi a un chico, de unos veinti pico años detrás. No era especialmente guapo, para ser sinceros no recuerdo demasiado bien su cara, lo que sí recuerdo son sus ojos. En mi vida nadie me había mirado con la seguridad y la picardía con la que él lo hizo, Mi cuerpo entero tembló.
Como siempre, yo no supe decir nada mejor que: "es la dieta del estudiante". Menuda gilipollas. No podía haber quedado peor, y lo supe en el instante que lo dije. Mi sopresa fue su respuesta, una muy bonita sonrisa y un "me encantas". En shock me quedé, ¿quién le dice ese tipo de cosas a una desconocida?
Tras ésto la cajera interrumpió ese intensísimo cruce de miradas y me dijo que mi compra eran 7,53 euros. Sí, es ridículo que me acuerde de ese detalle y no logre componer su cara, pero es que sus ojos me hipnotizaron y realmente no vi más allá.
Tras pagar, salí despavorida y sin mirar atrás. Una vez fuera le eché una última mirada por la cristalera, la cual él me devolvió y así sin más, ese extraño hizo mi día y el sol se veía aún más bonito. Ahora, cada vez que voy a mercadona, espero como una idiota encontrarlo otra vez, porque nunca unos ojos me habían hecho darle tantas vueltas a algo, ni un cruce de miradas me habían iluminado tanto el día como aquellos.

miércoles, 7 de enero de 2015

Terapia de choque.

No sé qué escribir, pero aquí estoy, tecleando sin parar esperando llegar a un lugar todavía inconcreto. Creo que lo que estoy haciendo es una de las mejores metáforas que hay para describir mi vida últimamente que transcurre con la carencia de un sentido fijo o tan siquiera aleatorio. Últimamente me hallo en un bucle de días que se suceden uno de tras de otro sin ninguna respuesta a la vista, como un laberinto en el que ya llevas tanto tiempo metido que ni siquiera te acuerdas como es el mundo exterior, por lo que te es imposible encontrar la salida.
 Hay momentos en tu vida en los que estás perdido en algún aspecto, pero mi situación ha llegado a un límite en el cual no estoy segura de nada, ni siquiera de quién soy.
 Mi última entrada explicaba perfectamente quién era la yo de un año, tras llevarme sin escribir tanto tiempo, yo misma he cambiado y hace ya quizás demasiado que ya no me reconozco con la chica que era perfectamente capaz de describir; durante un tiempo pensé que había madurado, ahora simplemente pienso que estaba tan descontenta con mi persona que intenté anularme de tantos modos posibles que ahora ya no sé qué partes son las de verdad y cuáles las nuevas que creí querer mejorar. Sí, podemos decir que estoy sufriendo una crisis de identidad, que todo el mundo achaca a la indecisión de entrar en 2º de Bachillerato y tener que decidir tu futuro. Obviamente no tengo claro qué quiero estudiar, pero ha llegado un punto en el que los estudios y mi futuro han dejado de preocuparme tanto como solían hacerlo, ahora lo que de verdad me preocupa es poder hacerme feliz a mí misma.
He pasado un año feliz, muy feliz en el cual no he sentido la necesidad de escribir, o bien no me salían las palabras, por lo que he deducido que sólo soy capaz de escribir si estoy triste o confusa. Escribir, quizás una de las cosas que más me gusta hacer en el mundo, lo que hace que me aparte de éste, que sólo existamos, yo, mi ordenador y la voz de Ed Sheeran de fondo. Para mí, la felicidad consiste en eso, simplemente, en poder desahogarme y plasmar mis sentimientos en un texto. No me importa que me lean, a veces siquiera que los que lo hagan lo aprecien, normalmente sólo busco en encontrarme a mí mientras escribo y he de deciros que más de una vez ha pasado, he encontrado mi verdadera yo, porque en mi caso, las yemas de mis dedos piensan con más raciocinio que mi cabeza. No sólo me encuentro mejor al hacerlo, sino que me relaja y por un momento hago que mis problemas se queden expuestos y no me agobien tanto; es como cuando liberas la memoria de tu ordenador en tu USB y se queda vacío. Mis problemas siguen ahí, pero les he encontrado solución, o al menos los he expuesto y definido, que es lo que más me cuesta.
Sí, sé que soy un desastre y que me disperso mucho al escribir, pero hoy se trata de una terapia en la que lo único que me preocupa es escribir hasta que encuentre los motivos suficientes como para volver a una realidad que me agobia tanto que lo echaría todo a perder con tal de salir de ella. Yo sólo quiero vivir una vida adolescente normal, estudiar y pasármelo bien sin tener que hacerme preguntas tan trascendentales y pensar en cosas que no se corresponden con mi edad. Podemos decir que he tirado a la basura mi adolescencia y que de no ser por mi año en Florida ya no estaría aquí; tan fuerte cómo suene, antes de irme me odiaba tanto que hubiera sido capaz de cortar con todo por tal de un momento en paz con mi cabeza.
Un año después sigo en el mismo bucle incesante de infelicidad el cual se ha convertido ya en una rutina. Pensaréis que soy una pesimista empedernida y que sólo soy capaz de ver el lado malo de las cosas, yo a veces también lo pienso.